"Soy Darío": la historia entre un taxista, pasajero y un tesoro que dio vueltas por toda La Plata

La esquina de 13 y 47 tuvo una situación de aquellas, de comunicarse a la vieja usanza y esperar días y días una respuesta

El Editor Platense | Fernanda Verdeslago Wozniak
Por Fernanda Verdeslago Wozniak
12 de julio de 2024 - 17:16

Podés perder objetos durante un viaje de un punto a otro. Nervios, apuros, alguna caída involuntaria que no notamos. Lo notamos tarde, minutos después de cerrar la puerta trasera del taxista que nos lleva, remissero o los conductores de las aplicaciones furor de hoy en día. Lo lamentamos y lo primero que hacemos es llamar a la agencia, o publicar en redes sociales esperando que a aquel conductor o conductora le llegue. Quizás como último paso, o ni ahí, dejar un papel a la altura de la parada.

Esta historia trata de Jaime, un pasajero que el pasado 20 de mayo, cuando el reloj marcaba las 12, viajaba desde la esquina de 13 y 47, que durante tantos años tuvo una cafetería donde tantísimos laburantes de Tribunales y allegados se sentaban a pasar el tiempo o arreglar trámites, hasta 5 y 40. Y el taxista que tomó el viaje, sin saber que ese trayecto no solo duraría las cuadras resultantes sino varias semanas hasta volver a encontrarse. Y mucho menos que tendrían una historia en común que generó sonrisas en un sinfín de transeúntes de la calle de los naranjos.

"Viajaba desde 13 y 47 hasta CIMED, y en medio perdí las llaves de mi auto, de un Volkswagen", dio cuenta Jaime, palabras que se transformaron en afiche sobre finales del quinto mes del año. Había esperanzas en aquel hombre, aunque todavía él no sabía en qué parte de la ciudad estaban y muchísimo menos cómo se llamaba aquel que conducía el taxi aquel mediodía del 20 de mayo. Y dejó su número, ese que comienza con el clásico 221. Primer fuerte arraigo con la ciudad.

Aunque la mayoría acude a las redes sociales para compartir su situación, su pérdida, su búsqueda de objetos u otras cosas, a Jaime se le ocurrió dejarle un mensaje pegado en la parada a los taxistas de aquella esquina. Sin saber si el taxista era recurrente ahí o no. Sin saber cuánto tiempo pasaría. Pero sabiendo que mínimo alguien lo leería, y que podría existir un boca a boca. Al mismo estilo cuando una mascota está perdida, aunque el plus estuvo en que se supo en el mismo lugar cómo terminó la historia.

Un juego de llaves, el principio de todo

Jaime podría haber ido en su auto a 5 y 40, precisamente a CIMED, y esto no hubiese ocurrido. Si eso pasaba, estas palabras tampoco se hubiesen tecleado ni muchísimo menos el taxista tendría un rol fundamental. Pero quiso el destino, el azar, como cantan Los Decadentes, que ese lunes 20 de mayo él decidiera estacionar su coche cerca de la parada de 13 y 47 para viajar hacia su destino. "Había previsto dejarlo allí, porque cerca de CIMED era improbable conseguir lugar a esa hora. Mi plan era ir en taxi y volver caminando". Un problema bien platense, que a determinada hora lo más práctico para llegar a un lugar es casi dejarlo a 15 cuadras.

"Llevaba las llaves de mi automóvil en las manos, junto con el móvil y una carpeta. Creo haberlas colocado sobre el asiento y ahí las olvidé. Me di cuenta recién cuando salí a la calle después de hacerme la placa radiográfica", resaltó Jaime, que aceptó contarle (en exclusiva) esta trama a El Editor Platense dejando una interesante moraleja. Sin querer queriendo, no solo decidió ir en taxi en vez de su auto, se olvidó las llaves y empezó la búsqueda del tesoro. Sino que también dio pie a su faceta de escritor, porque sacó desde lo más profundo de su corazón un texto que conmovió. Y qué mejor que esta historia la cuenta Jaime, el señor Jaime Oscar López Muro, y la referencia a Darío, quien encontró las llaves.

Darío, Jaime y la historia en primera persona

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El día 20 de mayo, poco antes de las 12, tomé un taxi en la parada de calle 47 esquina 13. La fecha la recuerdo porque tenía turno para sacarme una radiografía. Dejé mi coche estacionado. Había previsto dejarlo allí, porque cerca de CIMED era improbable conseguir lugar a esa hora. Mi plan era ir en taxi y volver caminando.

Llevaba las llaves de mi automóvil en las manos, junto con el móvil y una carpeta. Creo haberlas colocado sobre el asiento y ahí las olvidé. Me di cuenta recién cuando salí a la calle después de hacerme la placa radiográfica.

Esa tarde publiqué un aviso en Facebook, en las páginas de objetos perdidos y les avisé a todos mis contactos. Pasaron los días sin tener ninguna novedad.

Consulté con un taxista que me dijo que en esa parada se van rotando mucho los automóviles, porque hay poco espacio y me sugirió poner un cartel. Así lo hice, a la semana siguiente. Eran días de lluvia casi continua, así que supuse que mi aviso duraría poco.

Pasaron dos semanas y se me ocurrió volver a colocar el aviso, pero ahora en una hoja A4, en letras bien grandes y mínimo texto. Además agregué un folio plástico y lo dejé en el poste de la parada de taxis, a la altura de la ventanilla de los conductores que, uno tras otro, se detienen en la misma.

Cuatro días después de llamó una persona. Era viernes por la tarde.

-Soy Darío. ¿Usted puso un cartel porque perdió una llave?

Respondí que sí.

- Ah, entonces creo que le encontramos -dijo-.

Confirmamos que se trataba de mi llave así que le dije que podíamos encontrarnos el martes siguiente, porque yo estaría por el centro. Así ocurrió. Cuatro días mas tarde me encontré con Darío y me devolvió la llave. Me contó, también, que un pasajero la había encontrado en el taxi y se la había entregado al taxista. Este, a su vez, a otro compañero y que éste último le hizo el comentario mientras conversaban en una parada.

El recordaba haber visto mi aviso, así que le pidió la llave, pasó por 47 y 13, leyó mi teléfono en el cartel que yo había dejado y me llamó. Le ofrecí una compensación, que rehusó. Al final la aceptó diciéndome que lo iba a compartir con los compañeros que le habían hecho llegar la llave. La buena gente es solidaria en serio, pensé.

El mismo día que Darío me devolvió la llave agregué otro cartel sobre el que está en el poste de la parada de calle 47 y 13, avisando que la había encontrado y agradeciendo a Darío y a todas aquellas personas que colaboraron para recuperarla.

Reconozco que al comienzo me preocupaba la llave perdida. De todos modos contaba con la copia y podía hacer otra. Pero dado que era una llave bastante complicada (con control remoto y todo eso) me pareció razonable tratar de encontrarla. Pero después, con el paso de las semanas, cada vez me importaba menos la llave, que ya había pasado a pérdidas en mi balance, sino comprobar cuánta gente gaucha hay entre nosotros. Para eso, lo único que necesitaba era que esa gente supiera cómo ponerse en contacto conmigo.

Hoy el cartel sigue en la parada. Es una prueba de que podemos esperar buenas acciones, que podemos confiar en la gente de trabajo, que hay muchas personas como Darío, el taxista, y que en definitiva, podemos contar con ellos para hacer una sociedad mejor.

Denominar a las llaves como tesoro simplemente como un acto de revalorizar el gesto no solo del conductor, del pasajero que las encontró y también de Jaime, que más allá de pensar en cualquier otra cuestión acudió a lo más profundo del ser humano: la esperanza y la generosidad, sin esperar algo a cambio. Ese era el tesoro más que las llaves, como dijo el pasajero, el confiar más entre nosotros y apelar a darnos una mano sin importar quién es el otro. Claramente, esas llaves abrieron ese tal particular tesoro que volvió a darle sentido a los valores de ambos.

Imágenes: SP.

Relato: JOLM.

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